Fotografiar fantasmas resulta una tarea que estrecha las manos del azar. Fotografiar la muerte también. Y no hablo de la muerte cuando esta ya se fue y dejó un cuerpo inerte, hablo de la muerte como un fantasma paseándose por la habitación como observadora omnisciente, esperando pacíficamente.

Y así es que me encuentro con un hombre en una cama, recostado tranquilo, escuchando la radio, suena música, mira el techo y de reojo me ve entrar. Entonces se rompe algo que se extiende en el aire y hablo:

-Hola Domingo

-Hola amigo… ¿Cómo estás?

La voz ronca casi se escucha entre la música de la radio portátil.

Y la conversación continúa como otros días, perdiéndose fácilmente como tantas otras. Saco unas fotos como las que saque unos días atrás: de la habitación, de Domingo mirando a cámara y del plato de comida vacío en la mesa de luz. Entra alguien a la habitación y saluda. Todo sigue pacíficamente como siempre. Afuera es un día soleado, ya no entra el sol directo a la habitación pero hay luz, mucha luz natural por todos lados.

De vuelta en casa y sin prestar mucha atención paso por las fotos que saqué hasta que me encuentro con una distinta. Me atrapa, me intriga y la recorro lentamente. Ahí está en ese rincón blanco y en aquel otro. Ahí está entre las flores de la funda de la almohada y en esa tenue y extraña sombra entre los dedos. Ahí se ve también, por la vena de su antebrazo. Ahí está entera, observando todo pacíficamente, en esas pupilas ¿La ves?

Iván Deiana